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 Image Harald Welzer

Guerras climáticas
Por qué se lucha en el siglo XXI


S. Fischer Verlag
Fráncfort del Meno 2008
ISBN 978-3-10-089433-5
336 páginas


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 Reseña

En el año 2005, el huracán "Katrina" arrasó Nueva Orleáns. Un año antes, en el Océano Índico, un maremoto y el consecuente tsunami se llevaron la vida de 200.000 personas. Las imágenes de las devastaciones y de la penuria humana se han grabado a fuego en lo profundo de la memoria mediática. En 2007, la expresión "catástrofe climática" [Klimakatastrophe] fue elegida como "palabra del año" por la Sociedad de la Lengua Alemana.

En Guerras climáticas Harald Welzer se pregunta por la relación entre clima y violencia. En lugar de hablar de "catástrofes climáticas" el autor habla deliberadamente de "catástrofes sociales", porque los fenómenos naturales sólo se convierten en acontecimientos catastróficos por las consecuencias que implican para los seres humanos, quienes necesitan reaccionar ante las transformaciones que se producen en su medio ambiente para asegurar la propia supervivencia. Es aquí donde –según el autor– la violencia puede convertirse en un modo natural de actuar, y no sólo en el futuro. En Darfur ya existe una guerra en cuyo origen se encuentra en gran medida la lucha por recursos naturales cada vez más escasos: una "guerra climática". Harald Welzer describe las consecuencias sociales del cambio climático con claridad y persuasión, y concluye sosteniendo que las repercusiones de este cambio profundizan las desigualdades sociales en el planeta.

El autor sostiene que la existencia fáctica del cambio climático es irrefutable, al igual que la relación entre el efecto invernadero, el calentamiento global y las emisiones de origen industrial. Hasta el comienzo de la revolución industrial había 600 mil millones de toneladas de dióxido de carbono en la atmósfera, en los últimos doscientos años este volumen ascendió a 800 mil millones de toneladas; a lo que se suma el hecho de que el proceso de industrialización de los países emergentes no hace pensar que este proceso se detendrá. Para tener bajo control el calentamiento global, la temperatura no debería aumentar más de dos grados centígrados, tomando como punto de referencia la época preindustrial. Para que esto suceda, las emisiones de dióxido de carbono a nivel global deberían reducirse al menos a la mitad en los próximos 50 años.

El autor considera que esta meta carece de verosimilitud y que alcanzarla es virtualmente imposible. Partiendo de esta convicción, ilumina las repercusiones del cambio climático en el mundo de la vida de los hombres, que resultan bien diversas de región en región. África es uno de los continentes más afectados. La situación en materia de agua potable, que ya hoy es crítica, continuará agravándose; ramas enteras de la economía como la agricultura y la pesca están amenazadas por la sequía, la degradación de los suelos y la extinción de las especies; las pestes se propagan con mayor facilidad en aguas más cálidas. América del Sur sufrirá las consecuencias de una baja en el nivel de las aguas subterráneas así como de la desertificación. La tala de bosques tropicales aumenta la erosión de los suelos y hace crecer el peligro de inundaciones. En sentido inverso, en las zonas nórdicas surgen nuevas ramas de la agricultura, como la viticultura.

Una de las injusticias del cambio climático está dada por el hecho de que los países más fuertemente afectados son los que menos contribuyeron a su generación. Para colmo, no cuentan con recursos para amortiguar los efectos de la catástrofe social. Mientras los países en América del Norte y Europa están en condiciones de garantizar la alimentación de la población y compensar materialmente los daños, los países más débiles no tienen modo de protegerse contra los cambios radicales. En estas regiones, hay grupos diversos que compiten por los recursos naturales que se agotan, y en muchos lugares la violencia no sólo es ejercida por el estado sino también por unidades semiestatales o paramilitares: "La desintegración del estado y de la sociedad abre espacios para la imposición brutal de intereses y para un espectro inabarcable de perpetradores y formas de la violencia". Se producen "guerras permanentes", con actores que muchas veces no tienen interés en que terminen: la violencia contra la población asegura que Occidente les brinde ayuda en forma de abastecimiento. Por su parte, para los países de la OCDE la "ayuda humanitaria" en zonas bélicas es una "reducción de disonancias": un alivio para la conciencia social.

Desde que el huracán "Katrina" destruyó Nueva Orleáns existe el término "refugiado climático". Welzer vincula este concepto con la marea constante de migrantes proveniente de los países más afectados. Los países de la OCDE fortifican sus fronteras para que los efectos del cambio climático permanezcan "a distancia"; "Frontex" se llama la organización para la protección de las fronteras de la Unión Europea, que es poderosa y en gran medida autónoma. Los campos de amortiguación desplazan las fronteras hasta los países de origen de los fugitivos. Y, cada vez con mayor frecuencia, los gobiernos instan a empresas de seguridad privadas a realizar acciones violentas por las que no podrían responder.

Así, de manera indirecta, también Occidente empieza a sentir la presión de actuar ejercida por el cambio climático. Percibe una "sensación de amenaza" y toma medidas. Pero estas medidas se basan en primer lugar en sensaciones de peligro, no en peligros objetivos. Lo que, a su vez, modifica la percepción de lo que puede considerarse "punto de referencia". Harald Welzer explica este fenómeno de los "shifting baselines", los puntos de referencia cambiantes, con sumo detalle. A modo de ejemplo presenta las leyes que se proponen mejorar la seguridad desde los atentados del 11 de septiembre en los países occidentales y que a la vez restringen los derechos humanos de los ciudadanos. Según el autor, pocos años atrás habría sido impensable que se implementaran sistemas de vigilancia en caso de sospecha así como huellas digitales en los documentos. Desde los ataques terroristas en Nueva York y el sentimiento creciente de inseguridad, estas medidas incluso son anheladas por amplias partes de la población. Los "shifting baselines" –sostiene Welzer– también pueden producir que la acción de matar personas parezca normal y sensata. El asesinato de millones de judíos durante la Shoá le sirve de prueba. La violencia contra los judíos se había vuelto "normal", en la ideología nacionalsocialista había avanzado hasta convertirse en un objetivo lógico: el de la "solución final".

De esta manera, asesinar se convierte en parte de la lógica racional con arreglo a fines de la modernidad ilustrada. Siguiendo este razonamiento, Welzer no concibe los genocidios como "accidentes laborales" de las sociedades avanzadas, sino como la consecuencia de estas. Según él, las "guerras climáticas" inminentes están fuertemente ligadas al modelo de sociedad propagado por Occidente y a aquella "forma económica globalizada que apuesta al crecimiento y a la explotación de los recursos naturales [y] que no puede funcionar como principio rector a nivel mundial". Es en este sentido que se orientan también los modos de encarar las soluciones que propone el autor. Las medidas que se proponen contrarrestar este problema de manera concreta en la esfera individual y nacional son, a su juicio, insuficientes, tanto desde una perspectiva cuantitativa como cualitativa; y los acuerdos a nivel interestatal, poco probables. De ahí que proponga otorgar más participación a los ciudadanos. Así, a cada uno le cabe preguntarse cómo quiere vivir en el futuro, cómo quiere que se desarrolle la humanidad a largo plazo. Sin duda, de esa manera se lograría que el individuo tome sobre sí una mayor responsabilidad en lo referido a un problema cuyo origen radica en el pasado y cuya solución se encuentra en el futuro. Pero tampoco eso puede ser un remedio suficiente contra la "ceguera frente el apocalipsis" de cara a un futuro de proporciones catastróficas imposibles de imaginar.

De modo que aún no contamos con una "solución" definitiva. No obstante, Welzer logró sin duda poner el problema sobre la mesa en su vasta dimensión. Con Guerras climáticas el autor realiza un destacado aporte al debate público sobre el cambio climático. Los datos y conocimientos de diversa índole sobre los que fundamenta su argumentación seguramente no son nuevos. Lo que es importante y persuasivo es el modo en que constituyen un cuadro global que pone ante nuestros ojos la relevancia social del cambio climático de manera contundente. También cuando se trata de un escenario alarmante las explicaciones de Welzer siguen siendo convincentes y comprensibles, gracias ante todo a los múltiples ejemplos. Con Guerras climáticas, Harald Welzer ha escrito no sólo un libro de no ficción inteligente y cautivante, sino también un libro que pretende abrir los ojos y agudizar la mirada. Una empresa que no carece de ambición.

Eva Kaufmann
Septiembre de 2008
Traducción: Martina Fernández Polcuch



  
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