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“Querido Señor Hitler”, escribe Elsa Bruckmann en 1925 para anunciarle al futuro Führer, a quien había acompañado al Festival de Bayreuth, que partiría antes de lo previsto. “Hoy a las cuatro emprenderé el regreso a casa y quería preguntarle si hay alguna cosa que pueda llevar o hacer por usted en Múnich. Estoy a su disposición para lo que necesite… ¿Seguramente no podrá salir a comer conmigo? No habría cosa más hermosa.”
Bruckmann y Hitler se habían visto por primera vez personalmente pocos meses antes, en el penal de Landsberg. Mientras Hitler cumplía con su condena por el intento de golpe de 1923, Elsa Bruckmann lo obsequiaba con todo tipo de atenciones en forma de libros, cuadros y bombones. Elsa, una de sus primeras discípulas, pertenecía a una familia bizantina noble venida a menos y era esposa del editor Hugo Bruckmann, cuyo salón literario era frecuentado por artistas, literatos e intelectuales de gran renombre desde principios del siglo XX.
Precisamente en dicho salón coincidieron el poeta Hugo von Hofmannsthal, Harry Graf Kessler y Houston Stewart Chamberlain, conocido por sus teorías racistas. En las épocas de gloria de este centro de encuentro intelectual podía oírse a Rilke exponiendo fragmentos de sus obras, o a Thomas Mann, Stefan George y Walter Rathenau, que también asistían con regularidad a las reuniones.
Algunos de estos nombres ya no figuraban en la lista de invitados cuando Hitler correspondió a las visitas de su protectora tres días después de haber quedado en libertad: el 23 de diciembre de 1924 se presentó en el Palais Bruckmann, ubicado en el número 5 de la Karolinenplatz de Múnich, y desde entonces pasó a formar parte de los habitués de las distinguidas veladas, junto con sus adláteres Alfred Rosenberg y Baldur von Schirach.
El hecho de que una mujer de mundo como Elsa Bruckmann, culta y consciente de los valores tradicionales, y su marido, de una sensibilidad no menor, quedaran encantados con Hitler, quien por aquel entonces era un trepador ordinario al que las masas aún no aclamaban, no deja de ser sorprendente. Sin embargo, esta pareja editora de Múnich no fue una excepción. También existían otros representantes de la elite intelectual como los Bechstein o los Wagner que ya en épocas tempranas simpatizaron con el nacionalsocialismo e incluso por momentos compitieron entre sí por merecer la gracia de Hitler.
En el análisis Alemania, salón literario. Intelecto y poder entre 1900 y 1945, Wolfgang Martynkewicz plantea como lugar central la intersección entre cultura y barbarie. A través de la cautivadora descripción del caso Bruckmann, el autor, dedicado a los Estudios Literarios en la ciudad alemana de Bamberg, traza un panorama preciso de la historia que tuvo lugar durante el citado medio siglo en los salones intelectuales de Alemania. El análisis reconstruye la transición que llevó de la fe cultural al culto ciego al Führer dejando en evidencia la pasmosa fluidez con la que este paso tuvo lugar.
Según lo expuesto por Martynkewicz, los discursos a los que se hacía referencia en el salón de los Bruckmann ya presentaban puntos en común con ideologías totalitarias hacia el 1900: el acelerado avance de los procesos de modernización a nivel social llevó a la desaparición de las estructuras y los compromisos vigentes hasta ese momento; la burguesía comenzaba a no poderse valer de lo que hasta entonces había dado por obvio, observaba el irrefrenable cambio con una mezcla de entusiasmo, desmedida exigencia escéptica e ímpetu profético.
Quienes frecuentaban el salón de los Bruckmann consideraban ser parte de la vanguardia estética que se deslindaba tanto de las corrientes del momento como de la cultura de masas. La búsqueda de nuevos pilares o puntos de partida en el contexto de una modernidad que avanzaba adquiriendo rasgos que aún no se podían reconocer con claridad llevó a que en parte se recurriera a conceptos antimodernos, arcaicos. El culto a las víctimas y al sufrimiento eran elementos constitutivos de las visiones de un renacimiento social fundado en sus propias raíces culturales; se ansiaba el poder de salvación de lo “auténtico”, la llegada de la figura del verdadero líder, la instauración de lo que el poeta Friedrich Gundolf dio en llamar la “redención cultural”. Pero por entonces se toleraban las opiniones divergentes.
En los años previos a la Primera Guerra Mundial, los Bruckmann se identificaban con los fundamentos ilustrados del salón, con el principio de la multiplicidad de discursos y con un tipo de intercambio basado en la franqueza desenvuelta. Harry Graf Kessler criticaba abiertamente a Guillermo II cuando oía que algunos de los invitados elogiaban el imperio. Las soirées semanales abrían sus puertas tanto a los antisemitas H. S. Chamberlain y Ludwig Klages como al intelectual judío Karl Wolfskehl.
Pero tras el fin de la Primera Guerra era poco lo que quedaba de esta amplia gama social e ideológica. La fascinación con la que cuatro años antes se había celebrado la guerra como “fuego purificador” dio paso a la desesperación por la conmoción en la que se encontraba el mundo. El antiguo orden había sido derrotado de manera definitiva y la modernidad era entendida más que nunca como una amenaza.
El entusiasmo de Elsa Bruckmann llegó a su fin en 1916, cuando un sobrino al que ella idolatraba y quien además era un extraordinario especialista de Hölderlin, Norbert von Hellingrath, murió a raíz de un ataque con granada. Para ella, como para tantos otros, la derrota fue una vergüenza traumática, el Consejo de Baviera la rechazaba, y ella observaba con absoluto desprecio a muchos intelectuales conservadores que, como Thomas Mann, habían optado por dejar de ser monárquicos para adoptar un perfil demócrata. En las cartas que escribió hacia el fin de la guerra se traslucen la depresión y las pocas ganas de vivir que Bruckmann albergaba en ese momento.
Conocer a Hitler hizo que sus esperanzas renacieran. Ataviado de la fusta y el sobretodo, Hitler comenzó a mostrarse a partir de mediados de la década del veinte en el salón Bruckmann, que pasó a ser el escenario en el que el futuro Führer presentaría su propio personaje. Para los usos y prácticas y el esmerado estilo del círculo ilustrado de la clase burguesa que solía asistir a estas veladas, dichas apariciones eran una verdadera afrenta, pero como Hitler era extrañamente distinto, el distinguido público lo transformaba en una especie superficie sobre la que proyectaba anhelos largamente ansiados.
Todos parecían sucumbir ante la “fuerza elemental”, la “autenticidad”, la “voluntad creadora” de Hitler. No se consideraba que el político se estuviese produciendo a través de este espectáculo monomaníaco, sino que se creía que esa era la forma en la que se manifestaba la convicción y la voluntad de propagación de un genio estético. La urgencia de un liderazgo carismático parecía haber sido oída, la hora de renovar la nación como sociedad centrada en la cultura había llegado.
En el marco de este panorama, trazado con un elaborado estilo y citando numerosos documentos históricos, Martynkewicz nos muestra claramente el perfil del “malestar de la modernidad” entrelazando elementos históricos del Guillerminismo y de la República de Weimar con los acontecimientos registrados en la residencia Bruckmann, que, como demuestra un minucioso análisis, era el lugar en el que este “malestar” se canalizaba con la complicidad del arte, el intelecto y el terror.
No fue sino un año antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial que los Bruckmann se “hastiaron de las fiestas y enseñas” y dejaron entrever sus dudas acerca de los supuestos métodos implementados por el régimen nazi en busca de una supuesta liberación. Hugo Bruckmann, que como miembro de la NSDAP ocupó diversos cargos tras la toma de poder, no llegó a ver la caída definitiva de su visión totalitaria. En 1941 tuvo lugar un funeral de Estado en su honor. Si bien Elsa Bruckmann se vio traicionada en lo que fue su obra de vida, se mantuvo leal a su antiguo protegido hasta el fin de sus días. Hitler tuvo un gesto de aprecio hacia esta lealtad incluso en febrero de 1945, momento en el que le hizo llegar a la señora Bruckmann un obsequio por su octogésimo aniversario.
Marianna Lieder
Junio de 2010
[Traducción de Florencia Martin]
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