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Cuando alguien encomienda un mensaje escrito al capricho de los elementos, ya sea como rollito de papel atado a un globo o en el interior de una botella sellada a prueba de agua, siempre está desafiando al azar: ¿quién encontrará el correo?, ¿dónde sucederá?, ¿llegará alguna vez a algún lugar? Si lo hace, ¿cuánto tardará? Once años pasan en Mensaje en una botella (Flaschenpost), el libro ilustrado de Mathias Jeschke, hasta que un mensaje de esa índole finalmente encuentra un destinatario: un niño de nueve años lo descubre en la playa de su isla natal, al norte del círculo polar.
Este acontecimiento –no precisamente cotidiano– es relatado por Mathias Jeschke en el estilo de una historia real: "Tomé la botella y la eché por la borda como una travesura, porque al fin y al cabo no estaba en peligro de naufragar ni estaba en una isla desierta esperando ser rescatado. Ahí empezó el gran viaje." El relato transcurre en un lenguaje simple pero nunca unidimensional, un estilo breve y conciso pero con un tono siempre amable y cautivante. Y eso que no suele haber más de dos o tres frases por página. Esta modalidad narrativa reducida funciona como un motor que pone en marcha en la mente del lector sus propias ideas y mundos imaginarios.
Probablemente esa haya sido la experiencia de Katja Gehrmann, la ilustradora. Sus ilustraciones reflejan la profundidad con que ha estudiado el texto. En muchos pasajes desarrolla con verosimilitud lo que el texto apenas sugiere, y hacia el final de la historia el plano visual está a cargo del verdadero relato. El observador, entonces, se entera de lo que el mero lector no habría podido saber. Se puede ver al narrador que prepara su mochila, se sube a un avión y finalmente arriba a Bolga, la pequeña isla donde lo espera Marius, el muchacho que encontró su mensaje en la botella. Imagen y texto están tan bien entrelazados que el resultado da cuenta de la lograda armonía que reina en el dúo Katja Gehrmann y Mathias Jeschke; no en vano Mensaje en una botella es su segundo proyecto en común.
A diferencia del trabajo conjunto anterior, esta vez Gehrmann no apuesta a las imágenes impactantes de gran extensión, sino que ha optado por la línea delgada y la coloración discreta del dibujo con lapices de color. Deja también mucho espacio para superficies blancas, que junto con el mar –que, ya sea representado como mar calmo sombreado en celeste, ya sea caracterizado como océano revuelto con crestas de olas en azul y negro, está presente en casi todos los dibujos– constituye el fondo de contraste para acentos de color aplicados con destreza. Abundan los tonos colorados de pulóveres, gorros, bufandas o también casas y botes, que de esta manera resaltan con mayor nitidez. Así se logra en todas las ilustraciones un efecto de particular belleza: la atmósfera recuerda al aire claro de un día en la costa, con una luz propia sólo de los mares del norte.
Así como el motor narrativo de Jeschke deja lugar para la imaginación del lector, Gehrmann crea espacio para la fantasía del observador. En consonancia con el lenguaje escueto se encuentra el trabajo a lápiz, discreto, muchas veces reducido a los contornos; a modo de ejemplo se puede mencionar la vista de un puerto, casas de madera, barcos de pescadores que arriban o zarpan, dos personas saludando. Los cascos de los barcos y los edificios portuarios no están coloreados en su totalidad, de la misma manera que la historia es relatada en un estilo más bien asociativo.
Otra buena idea es la de explicar términos difíciles o desconocidos del mundo náutico en breves notas y con el respaldo visual de viñetas, de modo que también los niños puedan entenderlos con claridad. Así se encuentran explicaciones del código morse, del funcionamiento de un motor fuera de borda o de la manera en que se nombran en un barco derecha e izquierda, adelante y atrás: "La parte delantera del barco se llama proa, la de atrás se llama popa. El lado derecho se llama estribor, el izquierdo, babor. Es fácil de recordar: estribor empieza con la E que aparece dos veces en dErEcho."
Pero en este libro infantil no se trata meramente de izquierda y derecha, sino más bien de ayer y de hoy: de una manera fantástica y atractiva el transcurso del tiempo en lapsos mayores se vuelve tangible para el joven lector. El hecho de que el mensaje se envíe antes de que su futuro descubridor haya nacido hace que el lector infantil –que se puede identificar con el pequeño Marius– pueda comprender que ha existido un tiempo antes del propio tiempo: el pasado, así, se vuelve palpable. Pero esta posible perturbación del sentido infantil del tiempo es amortiguada por la continuidad creada de manera consciente en el plano visual: si en la primera imagen el narrador está sentado de niño con su abuelo en un bote a remo, el narrador adulto se encuentra al final de la historia con Marius, el pequeño que encuentra la botella, también en un barco, que ahora lleva un motor fuera de borda. Si durante años la botella estuvo a la deriva, solitaria, en el gélido mar nórdico, al final crea nuevos contactos entre las personas.
Eva Jaeschke
Mayo de 2010
[Traducción de Martina Fernandez-Polcuch]
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