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 Image Horst Rademacher

Al borde del cráter.
La inquietante fascinación de los volcanes


Editorial Bloomsbury
Berlín 2010
ISBN 978-3-8270-5346-6
192 páginas
A partir de los 10 años


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Reseña
Fragmentos de lectura
 

Los hombres modernos de comienzos del siglo 21 tenemos una relación ambigua con la naturaleza. Hacemos de ella un lugar nostálgico, idílico, para luego, en nuestro tiempo libre, arrojarnos con nuestros automóviles a contaminar el recreo natural más próximo (u otros no tan próximos). A la vez nos hemos alejado tanto de la naturaleza, que entre las anécdotas críticas más difundidas está la de que cada vez más niños desconocen por completo que existe una relación directa entre la leche de Tetra Pak y las vacas.

El otro lado de la naturaleza nos sale al encuentro a través de las catástrofes naturales que nos muestran los medios de comunicación: casi nada nos conmociona tanto como el arrebato impredecible, difícil de imaginar, de la violencia de la naturaleza. Basta sólo con pensar en el maremoto del Océano Índico y el consecuente Tsunami en el año 2004. Sucesos como ese llevan a que, en lo más íntimo de nosotros, confluyan el sobrecogimiento que genera la desgracia humana con esa especie de curiosa atracción que provoca el poder ilimitado y amenazante de la naturaleza.

Una catástrofe similar se halla también en los inicios de las ciencias geológicas modernas: después de que, el 1 de noviembre de 1755, un terremoto devastador por poco destruyera completamente la ciudad portuguesa de Lisboa cobrándose la vida de un sinfín de víctimas, en muchos de sus escritos Immanuel Kant contrapuso una explicación sistemática y científica a la interpretación de los sismos como castigos divinos provista por la teología moral.

250 años más tarde, con todo y las modernas técnicas de medición e investigación, la violencia primitiva de la naturaleza no ha perdido nada de su fuerza de atracción, incluso para el propio científico. Es así que en Al borde del cráter Horst Rademacher nos habla de manera impresionante y cautivadora sobre la “inquietante fascinación de los volcanes”, tal como reza el subtítulo del libro. El geofísico y periodista científico nos conduce de erupción volcánica en erupción volcánica, nos muestra volcanes de casi todas las regiones del mundo, nos hace conscientes al mismo tiempo de que no todos escupen fuego, y nos cuenta sobre la profesión del investigador de volcanes.

De igual modo nos enteramos de los agudos peligros que las erupciones suponen para las metrópolis y megalópolis, y de la amenaza que significan para la alimentación básica de miles de personas y el clima mundial. Paralelamente asombra que a partir de los nutrientes del interior de la Tierra surja nueva y, en especial, la sorprendente fertilidad de los suelos volcánicos. Pero sobre todo la excelente ilustración, a menudo de doble página, deja entrever el revuelo que puede causar en alguien la experiencia o vivencia de estos heterogéneos espectáculos de la naturaleza.

Apenas iniciamos la lectura, algo nos queda claro: aquí hay alguien que se toma en serio su tema, pero también se toma muy en serio a sus lectores. Nada de adelantárseles y simplificar a priori el nivel de lengua, nada de dispersiones didácticas con diagramas por aquí y cuadros informativos por allá (aún cuando el libro oportunamente también las ofrece). No, aquí un autor que personalmente visitó más de cien volcanes activos se dirige a lectores ávidos de conocimiento, desde adolescentes hasta adultos, y simplemente nos arrastra consigo a través de esta novela de aventuras científica, narrada en primera persona.

En el primer capítulo, por ejemplo, leemos con opresiva irritación y desconcierto cómo en 1993 un grupo de investigadores que se encontraba en el cráter del colombiano Galeras es sorprendido por una erupción y varios de los científicos mueren. A medida que Rademacher se extiende se hace evidente que el mecanismo interno de los volcanes sólo puede ser comprendido parcialmente y, por lo tanto, todo investigador tiene que tener en claro que al borde del cráter está arriesgando su vida. Sin embargo, los ojos de muchos investigadores de volcanes brillan ante el instante de peligro, les da igual la posibilidad de morir. Parece que el famoso “cosquilleo en la panza” no basta para explicar esto, la palabra fascinación resulta insuficiente. Entonces, ¿por qué hay quienes se exponen a este riesgo?

Horst Rademacher responde a esta pregunta con una conclusión muy personal, se declara “respetuoso de cada volcán” y nos hace una confidencia: “En las noches, cuando observo el Etna y una corriente ardiente de lava deslizándose por su falda, no pienso en la ciencia”. A pesar de toda precaución, también él -como todos los científicos de volcanes que lo acompañan- es un trotamundos que va de montaña en montaña. Sus descripciones nos dejan entrever cómo la fuerza volcánica de la naturaleza primitiva le permite al espectador la experiencia de lo sublime, un último indicio de lo arcaico, aquello de lo cual no se puede disponer. Es así como Al borde del cráter ilustra perfectamente que la palabra “fascinación” proviene del latín fascinatĭo: embrujo, encanto.

Michael Sellhoff
Mayo 2011
[Traducción de Evelyn Gutiérrez]



  
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