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 Image Sibylle Berg

El hombre duerme

Carl Hanser Verlag
München 2009
ISBN 978-3-446-23388-1
310 Seiten


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Reseña
Fragmentos de lectura
 

Sibylle Berg, oriunda de la ciudad alemana de Weimar pero residente en Suiza, en la ciudad de Zurich, es conocida como la Casandra de esta era de la confusión agitada, como una experta del ennui, como la única irreductible propagandista del pensamiento de la vanitas en el ambiente de la literatura en lengua alemana. Ende gut (Si termina bien...) fue el título de su ajuste general de cuentas con la zona de catástrofe Alemania, ajuste que ya cuatro años antes de la crisis financiera internacional llegó a un resultado apocalíptico. Con todo, aún quedaba entonces la posibilidad de la utópica huida a Finlandia, la que justificaba el título de la novela.

En la siguiente obra de Berg, Die Fahrt (El viaje), diversas figuras erraban por un globo terráqueo destruido, cuyas zonas de miseria provocadas por el hombre eran descriptas con un inimitable pérfido placer. La autora jamás negó, sin embargo, que sus diagnósticos del ocaso y de la futilidad impregnados de humor negro fueran otra cosa más que la contracara de un anhelo profundo de belleza y bondad, de amabilidad y humanidad.

En su última epopeya, Der Mann schläft (El hombre duerme), este anhelo se viste de imágenes de una tenue melancolía, moderadamente maliciosas. La heroína, una mujer común y corriente de mediana edad que se gana la vida redactando instrucciones de uso, se da cuenta, en la mirada retrospectiva, de que en un momento encontró algo valioso y lo volvió a perder: un tipo de amor particular, extraño. No exactamente “eso que nos enseñaban las películas francesas: deseos, noches enteras de discusiones sobre los sentimientos para volver a revivir la pasión, sexo bajo faroles mojados por la lluvia, mucho, mucho sufrimiento y al final estar sentados en silencio en una cocina francesa". No es eso entonces lo que aquí se ha perdido, sino un amor "que transcurría tranquilo y en silencio, un amor amable que irradiaba una cierta dulzura".

Todo comienza en una región de Suiza no determinada donde el mundo aún no está destruido ni se ha sumido en las tinieblas, donde simplemente es de un gris profundo, húmedo y frío, lavado. Por lo menos así lo era, como nos lo revela el título del primer capítulo, “Entonces, en el invierno. Hace cuatro meses". Y para la narradora en primera persona estaba bien así, el mundo, pues: "Cada mañana me paraba delante de la puerta y me alegraba de haber sobrevivido la noche, me alegraba de que todas las casas siguieran en su lugar y de que el hombre estuviera en la cama."

Pero la pequeña, modesta felicidad no había durado. Por eso ahora ese vaivén sobre el eje temporal ficcional entre un "Entonces. Hace cuatro años" y los distintos momentos del día de un "Hoy", hasta llegar a un "Ahora" que nos muestra a la narradora en el muelle de una isla de vacaciones china, sintiendo su existencia reducida a un "grumo de tejido orgánico", con un venenoso ocaso naranja delante de la vista y el cerebro bañado en vino blanco francés, el que la ayuda a "olvidar ese tedio increíble que trae consigo el esfuerzo por dar forma a su vida".

¿El motivo de tanta miseria? Tras unos tres años y medio juntos, "El hombre" de repente desapareció. Durante unas vacaciones en la mencionada isla, fue a comprar el diario y jamás volvió. La mujer, desesperada, intenta desentrañar lo sucedido. Describe al hombre, lo particular de aquella relación. Y como es una criatura salida de la pluma de la Sra. Berg, además observa el mundo y hace un balance de su estado actual; nos relata encuentros con bizarros y tristes contemporáneos, con suicidas y perturbados, en Europa y China. Para todos vale: "Los seres humanos tenían sus momentos dulces, pero eso no podía ocultar que la mayoría era de una simplicidad y de una vileza extraordinarias".

"El hombre“ era una excepción. No era ni guapo ni rico ni especialmente encantador y ningún gran orador, pero con maravillosa ecuanimidad sentía por la mujer una sólida afección, y cuando dormía hacía pequeños ruidos "que eran más bellos que todos los ruidos que yo conocía, justamente porque los hacía alguien que quería, y porque él tenía que estar vivo para hacer esos ruidos que me armaban el refugio de una tienda en medio de la noche".

Pero ella, la mujer, se había rebelado contra esa sensación de seguridad; ya en las primeras semanas le había arrojado al hombre un velador por la cabeza, y hasta pocas horas antes de que desapareciera lo había maltratado con su mal humor. En medio de todo aquello, empero, antes de tener ”la infeliz idea“ del gran viaje, su afecto por él era "como un amable río que cada tanto desbordaba": la descripción de estos tiempos está llena de esa agudeza poética, cómica y bizarra que caracteriza a Sibylle Berg, la que logra echar una nueva y rara luz sobre el gastado tema del “amor”.

Si termina bien o mal, es algo que debe decidir el mismo lector. Cuando ya el vino blanco es lo único que impide que la mujer abandonada se arroje al Mar del Sur de China, ésta tiene una evanescente alucinación que podría constituir un resplandor de esperanza. Como sea, Der Mann schläft es probablemente la novela “más dulce“ que ha escrito hasta ahora Sibylle Berg, y no obstante confirma, con la mayor belleza y agudeza, esa reputación que se ha ganado de ser la última figura radical libre que aún existe en la literatura alemana contemporánea.

Kristina Maidt-Zinke
Mayo del 2010
[Traducción de Claudia Baricco]



  
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