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 Image Michael Kleeberg

El Hospital Americano

Deutsche Verlags-Anstalt
Múnich 2010
ISBN 978-3-421-04390-0
240 páginas



Este libro ha sido presentado durante la etapa 2009-2011 enfocada en el idioma español (Hispanoamérica/Argentina).


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Reseña
Fragmentos de lectura
 

En un principio podría parecer que la literatura formalista va en contra del interés de los lectores. Así como, por lo general, nada nos interesa de esa parte del auto que está debajo del capot, tampoco tendemos a reflexionar demasiado sobre el motor de una novela. Pero una novela no vive solo de su trama, sino que también es una construcción de lenguaje. Y aunque cualquiera lo sabe, muchas veces pensamos que una obra en prosa está bien lograda cuando sus mecanismos quedan ocultos al lector. Esta actitud es comprensible, pero un poco ilusoria. ¿Qué interés podría inspirarme el motor de mi auto siempre que me deje doblar con rapidez? Pero habría que plantear la pregunta de otra manera: ¿Qué es lo que me permitió superar esta curva? En su última novela, El Hospital Americano, Michael Kleeberg da dos respuestas a este tipo de pregunta: una formal y una de contenido.

Ya en otras ocasiones Kleeberg nos mostró una tendencia a las estructuras narrativas complejas. Esta novela relativamente breve de este autor nacido en Stuttgart en 1959 transcurre en el París de los años noventa. Hélène tiene poco más de treinta años; con el fin de hacerse una fertilización artificial, y conociendo la larga tradición de esa institución, se dirige al Hospital Americano en Neuilly, en las afueras de París. Su esposo, que cada tanto aparece como narrador en primera persona en un relato que, por lo demás, se narra desde una perspectiva neutral, está de acuerdo de inmediato: “El nombre inspiraba confianza, y sugería eficiencia y tecnología de última generación.” En el foyer del hospital ocurre entonces un encuentro que será clave para el resto de la acción de la novela. Un joven norteamericano sufre un colapso a pocos metros de Hélène, en el pasillo: se tira del nudo de la corbata, tiembla, le castañean los dientes, y luego se aferra de la joven francesa cuando ella se acerca, le rompe la costura del vestido, ella cree que se trata de un caso de epilepsia.

Al principio, el episodio se disuelve como si no tuviera importancia. El norteamericano es atendido por los médicos, Hélène comienza los procedimientos normales de una fertilización in Vitro, con todos los pasos correspondientes, y un par de meses después se encuentran nuevamente y por casualidad en la cafetería del hospital. Mientras que para Hélène el Hospital Americano no es un lugar para curarse sino más bien un espacio donde realizar sus sueños, la historia del norteamericano trae consigo el atributo de la muerte. David Cote es un soldado que luchó en la primera guerra de Irak y está siendo tratado en París por trastornos de ansiedad. Pero a principios de los años noventa los médicos que lo tratan carecen de una idea clara de este problema. Mucho más adelante el lector se enterará de algo que, en base a lo que sabemos hoy en día, podía sospechar desde el principio: David Cote sufre un trastorno por estrés postraumático.

Y mientras que Hélène continúa luchando para cumplir el objetivo de su vida y sigue el ciclo de la fecundación artificial, incluyendo una serie de abortos, el norteamericano busca ser liberado de sus sufrimientos. Y al ritmo en que Hélène va despidiéndose de su ideal de maternidad con creciente fatalismo, Cote se va deshaciendo de sus demonios paso a paso, en sentido literal, junto a Hélène. Porque es ella quien le muestra París, quien lo va guiando del brazo entre las multitudes y lo ayuda a entrar nuevamente en la sociedad.

Cada tanto en la novela, el norteamericano va contando y conjurando alguna escena de la guerra. Primero son los animales los que sucumben penosamente: una bandada de ibis que confunden una gran mancha de petróleo mortal con un lago lleno de nutrientes. Más adelante, el lector conocerá la historia de unos soldados iraquíes a los que les cortaron el talón de Aquiles, y la de unos niños que son asesinados a tiros en pleno día. Y en medio de todo esto van apareciendo los abortos de ella: “a bloody mess”, tal como ambos lo llaman.

A esta altura ya no nos cabe duda de que Michael Kleeberg es uno de los narradores más versados de su generación. No solo es capaz de dominar su material lingüístico, sino que también conoce todos los recursos narrativos para tener bajo control el plan de construcción de sus historias. El Hospital Americano es en sí mismo un lugar de fecundación artificial. Dos historias de vida completamente lejanas se unen en un espacio que vale tanto para la vida como para la muerte, dos historias que son cuidadas y nutridas en el tubo de ensayo de la novela hasta que el nuevo organismo crece en la cabeza del lector, se desarrolla y sigue viviendo ahí por sí solo.

No es entonces casualidad que, al final, la novela evolucione hacia una dimensión orgánica. En París hay una huelga general. Nada funciona. Hélène y Cote, cuya relación nunca es aclarada realmente por el narrador, deben hacerse cargo nuevamente de sus vidas. “Todo el espectáculo tenía algo arcaico, algo de las migraciones prehistóricas huyendo del hielo y de las erupciones volcánicas; esas épocas, pensó Hélène, siempre fueron signo no solo del miedo, la tensión y los cuestionamientos, sino también de la improvisación, de nuevos descubrimientos, de valentía, amistad y solidaridad.” Es esta combinación de cálculo y anarquía lo que hace de El Hospital Americano una experiencia literaria única.



Katharina Teutsch
Abril de 2011
[Traducción de Mariana Dimópulos]



  
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